La Obsesión de Marie (Parte 3)

By Santiago Arlett

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Con el transcurrir de los esporádicos y amatorios encuentros, Jimmy empezó a conocerla más en profundidad. Jamás le importaba su aspecto exterior, pudiendo decirse que los desteñidos jeans, las gastadas zapatos de gruesas suelas y el polerón gris que se apegaba a sus formas, se habían llegado en constituir en su tenida habitual. Observó que, caracterizada por una exacerbada inestabilidad emocional, buscaba constantemente el apoyo afectivo, y ello porque con el corazón lo necesitaba, pero frecuentemente se encontraba con dos dificultades difíciles de conciliar: la primera, teniendo una gran desconfianza hacia todo tipo de dependencia afectiva; la otra, el haber desarrollado desde su adolescencia el hábito de funcionar con absoluta autonomía, tendencias por cierto que siempre la llevaban a tener dificultades en el momento de establecer una relación de pareja continua y satisfactoria. De allí que él perfectamente sabía que un día Marie desaparecería de su vida, pero, quién se preocupaba del mañana, como bien se auto-convencía ella?

La posición que había adoptado Marie luego de salir de la larga y refrescante ducha, no podía haber sido más sorprendente y audaz: con el cabello mojado y revuelto sentada en el cómodo sofá, la amplia toalla semi cubriéndola, una de sus rodillas tocaba con displicencia el mentón, dejando a la vista que no llevaba prenda interior alguna, descubriendo así sus ocultos encantos para solaz y excitación de Jimmy. Arrodillándose éste, se dió en contemplar con sumo deleite la deliciosa hendidura rosada que aparecía debajo del blanco vientre en medio de una bien cuidada mata de rubios bellos, e introduciendo con impudicia su lengua tan adentro como pudo en la ardiente vaina, dióse en succionar aquellos húmedos encantos. Todo el cuerpo de Marie se estremecía de delirante impaciencia, y abriendo sus albúreas piernas al máximo, dejaba escapar de sus labios cortas exclamaciones delatoras del supremo deleite: se había entregado nuevamente en cuerpo y alma a las delicias del coito. Sus contracciones musculares frente al arma que en aquellos momentos la quería penetrar, el firme brazo con que sujetaba con firmeza la nuca de Jimmy, la aterciopelada y húmeda funda, habían excitado los sentimientos de él hasta la locura. Con la otra mano, ella se había apoderado con avidez del arma de sus deseos.

Marie miró el henchido objeto , endurecido por el efecto del suave cosquilleo que le estaba aplicando y cuya cabeza tumefacta parecía que iba a estallar. Parecía poseída por una especie de locura erótica, y la inmensidad de la verga solo sirvió para acentuar más su deseo carnal. Contemplaba aquella gruesa y rígida masa de músculo, carne y nervios, e incapaz de resistir la tentación, se apoderó de ella entre sus manos. La apretó, la estrujó y deslizó hacia atrás los pliegues de piel que la cubrían para observar la gran nuez que la coronaba. Maravillada, contemplo el agujerito que aparecía en su extremo y tomándolo con ambas manos la mantuvo palpitante entre sus dedos junto a su cara, dándose a la tarea de besarla con suavidad y devoción. Tomó con su diestra la verga ansiosa y amenazante y comenzó a frotarla descorriendo con lentitud y experimentada maestría la delicada funda a la par que besaba y lamía la roja y endurecida corona, a medida que el largo y duro instrumento se engrosaba y calentaba cada vez más a medida que ella frotaba de arriba a abajo. Excitada tanto por la vista como por el contacto de tan notable objeto que tenía asido entre ambas manos con verdadero deleite, la joven se dio en cosquillear, frotar y exprimir el enorme y tieso miembro, de manera de proporcionarle a su amante el máximo de los deleites, mas, no contenta con friccionarlo con sus delicados dedos, Marie, dejando escapar palabras de devoción y satisfacción, llevó la brillante y espumante cabeza a sus rosados labios y la introdujo hasta donde le fue posible, con la esperanza de provocar con sus ataques y con las suaves caricias de su lengua la deliciosa eyaculación que debía sobrevenir.

El exuberante miembro engrosaba y se enardecía cada vez, a medida que los excitantes labios de Marie apresaban su anchurosa cabeza y su lengua jugueteaba en torno al pequeño orificio. Sus blancas manos probaban de su dúctil piel y cosquilleaban alternativamente los testículos.

Dos veces retiró su miembro de los rosados labios de la niña-mujer, incapaz de aguantar los deseos de venirse al delicioso contacto. Al fin, Marie, impaciente con el retraso y habiendo al parecer alcanzado un máximo de perfección en su técnica, presionó con mayor energía que antes el tieso dardo. Instantáneamente se produjo un envaramiento en las extremidades del joven amante. Sus piernas se abrieron ampliamente a ambos lados de su penitente, sus manos se agarraron convulsivamente al cojín, su cuerpo se proyectó hacia adelante y dando una estocada final, hundió su pene hasta los pelos seguido de una copiosa eyaculación en la boca de la golosa Marie, que semi-asfixiada absorbió cada gota del néctar de sus ansias.

El viscoso fluido no paraba en su emisión, y los chorros caían a borbotones desde la comisura de sus labios, aunque gran parte de ellos habían pasado a través de la garganta para conformar parte de su habitual nutriente.

"Por los clavos de Cristo, que delicia – exclamó él – qué tiempo no me venía de esa forma. Eres realmente una grandísima puta mi amor. Dos veces hoy día es demasiado, pero nunca suficiente".

Marie solo se limitaba a sonreir, ahora tendida con sus blancas piernas abiertas y su sexo muy húmedo, mientras su índice con suavidad y delicadeza frotaba los pliegues de su vulva. Ora los labios, ora el clítoris, ora los abría o introducía su dedo en la mojada abertura. Jimmy presa de esta nueva visión y en grado sumo nuevamente de excitación, sin preámbulo alguno, tendiéndola en el mullido sofá, dirigió su instrumento al cuerpo de ella, hasta que los dos globos que abastecían su masculinidad alcanzaron el más alto grado de inflamación y dureza, mas, no pudiendo avanzar en su intento, se entregó de lleno a recoger los frutos de sus esfuerzos arrancándole quejumbrosos gemidos.

Jimmy no necesitaba de ese aliento para inducirlo a poner en acción todos sus poderes copulatorios. Empujó frenéticamente hacia adelante, y en cada nuevo esfuerzo hundía su cálido pene más adentro, hasta que, por fin, con un golpe poderoso, lo enterró hasta los testículos en el interior de la vulva de la ardiente quebequence. Esta furiosa y brutal introducción, fue más de lo que la frágil Marie, animada por sus propios deseos, pudo soportar. Con un desmayado grito de angustia física, anunció que su estrupador había vencido toda la resistencia que su aún ioven cuerpo había puesto a la entrada de su miembro, y la tortura de la forzada introducción de aquella masa borró momentáneamente la sensación de placer con que en un principio había soportado el ataque. Insaciable en su pasión, tan pronto como vió realizada la completa unión que tanto había deseado, se entregó por completo al ansia de placer que el rígido y caliente miembro le proporcionaba.

Estaba demasiado excitada como para interesarse o preocuparse por el devenir de los acontecimientos. Poseída por locos espasmos de lujuria, se apretujaba contra el objeto de sus deleites y, acogiéndose a los brazos del amado de ese entonces, con apagados quejidos de intensa emoción extática y grititos de deleite, dejó escapar una copiosa emisión que, en busca de salida inundó los testículos de Jimmy.

Tan pronto como él pudo comprobar el placer que le procuraba a la hermosa Marie y advirtiendo el flujo que tan profusamente había derramado sobre él, fue presa también de un acceso de furia lujuriosa. Un rabioso torrente de deseo incontrolable pareció inundarle las venas. Su instrumento se encontraba totalmente hundido en ella y echándose hacia atrás, extrajo el ardiente miembro casi hasta la cabeza para volver a hundirlo una, dos, tres y veinte veces con viril energía, no oyéndose otra cosa que los jadeos y sacudidas con que el lascivo, se entregaba a darse satisfacción, y el glu-glu de su inmenso pene, cuando alternativamente entraba y salía de la gruta de la incontrolada y excitadísima blondie.

"Así, así ... duro, más duro" – pedía ella presa de incontrolable frenesí, mientras que con ambas manos se asía a la cabecera del sofá crispando músculos y tendones, mientras separaba lo que más podía sus complacientes muslos.

"Más, quiero más – repetía una y otra vez – quiero más. Oh, que delicia. Sigue así, así, asiiii. Me voy a venir de nuevo ..."

Jimmy no era de aquellos hombres que eran capaces de controlar sus instintos pasionales más aún en circunstancias como las presentes, por lo que ya su brazo derecho se había deslizado con prontitud bajo sus nalgas buscando con fruición el orificio posterior. Caliente y lubricado con los fluídos que la naturaleza sabiamente había accionado, no encontró resistencia alguna cuando introdujo la primera falange de su dedo del medio a través de las suaves membranas de su ardiente culito. Marie aumentaba por mientras las contorsiones ante esta sensación que se sumaba a las anteriores. Y mientras bombeaba con furia la vulva de su amada, su dedo lograba la total introducción en rítmica cadencia, a la vez que su boca ávida y sedienta, succionaba los pechos y mordisqueaba con ansiedad los erectos y rosados pezones.

Una cosa manifiestamente cierta era que ambos habían perdido todo sentido de la delicadeza y del recato propio de un acto amatorio: él repondía a su naturaleza animal del momento, ella en cambio, a su naturaleza propia, pues Marie vivía solo para dar satisfacción a sus deleites sexuales. Jimmy eso lo sabía ... lo sabía y lo disfrutaba.

"Así, así" – rogaba ella con los ojos semi-cerrados abrazando con ambas piernas la espalda de su amante, a fin de facilitarle la máxima penetración en un acto de entrega absoluta y total.

Cada golpe con el duro ariete y cada introducción del dedo en el anillo posterior, arracaba una nueva mueca de placer al rostro de Marie.

- "Por favor, ya no puedo más" – exclamó con susurrante voz entrecortada – "me voy a venir, me voy a venir otra vez. Oh! si es el cielo ...Oh! ... sí! ... es el cielo ..."

Por su parte, él no queriendo esperar más, y aprovechando el sublime instante, de un solo golpe enterró hasta la raíz misma su ansiosa verga tocando el fondo de la apetecida caverna expeliendo el mágico licor.

"Uf! ya viene!" – exclamó jadeante, mientras sus rodillas se estremecían y su cuerpo adquiría la rigidez propia de los estertores del goce infinito, y entre contorsiones y gritos ahogados, su enorme y poderoso pene expelió un chorro de espeso líquido inundando la matríz de Marie, que, ansiosa por dejarse bañar por el calor del viscoso fluído contrajo por completo la musculatura de la vagina aprisionando aún más el enorme dardo, ayudándolo a vomitar – sorprendida y gozosa - hasta la última gota de semen, como queriendo dejárselo para siempre dentro de sí.

Agotados, se dieron a la noble tarea de una lenta y progresiva recuperación. Sobre la alfombra habían quedado algunos abiertos ejemplares de Equinox, un cenicero con dos cigarrillos y una copa de vino blanco a medio consumir.

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