La Obsesión de Marie (Parte 2)

By Santiago Arlett

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Dos días después de los acontecimientos relatados, un escueto mensaje en el teléfono, dejó a Jimmy comprometido para el día siguiente:

- "Hola ... habla Marie. Te espero en casa mañana por la noche. No faltes. La llave estará tras el cactus en flor. Solo tienes que entrar".

Por cierto, ante las experiencias vividas, el sibarítico periodista no iba a desperdiciar semejante invitación, y sin cuestionarse mayormente, esperó pacientemente la hora del día señalado. La llave del departamento efectivamente estaba tras el cactus en flor. Abrió la puerta, y sintiendo la música de Mikos Theororakis que flotaba en todo el ambiente, no mucho le costó dar con el dormitorio del minúsculo departamento.

Y allí estaba ella, semi-sonriente, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos entregada al más solitario de los placeres. Las rodillas casi tocándole los pechos ... era sin duda toda una invitación a sumarse a su lujuria, sin tapujos, inhibiciones, verguenzas ni tabúes. De entre sus piernas, pudo ver como orgullosamente se asomaba el extremo estático de un vibrador con el que había sellado la abertura de su sonrosada vulva. Jimmy no perdió el tiempo, y arrodillándose al lado de la cama, deslizó la mano presta para comenzar a darle un suave masaje en la región de sus predilecciones luego de retirar el egoísta artefacto. Abrió los ojos quedamente. Estiró las piernas, e invitó tácitamente a Jimmy a sumarse a su solitario placer. Los tersos y blancos muslos fueron separados suavemente, mientras que de su gruta se dejaba asomar con timidez las secreciones ocasionadas por el falo artificial. Sin duda era una mujer que a sus cortos años había experimentado gran parte de su vida en estas lides, acostumbrándose a controlar cada una de las situaciones, y cuando no, se dejaba llevar dócilmente por los acontecimientos, segura de conseguir al final el objetivo propuesto.

La lengua de Jimmy entró prestamente en acción. El clítoris aumentó ostensiblemente de tamaño con los suaves y cadenciosos masajes, ante los que Marie – abandonando sus brazos - se entregó con los ojos cerrados a la lenta y rítmica masturbación. El jadeo de la entrecortada respiración y el cosquilleo de su barba hicieron el resto. Pronto ella dirigió su ansiosa mano al cierre del pantalón bajándolo suavemente para apoderarse del arma de sus deleites, que desde hacía rato pugnaba por salir de su prisión. El le facilitó el trabajo desabrochándose presto el cinturón y dejándolo caer hasta sus rodillas, al igual que su prenda interior, quedando así liberado, enhiesto, viril y desafiante la fruta de sus desvelos. Cual gigante de roja cabeza y henchido por las sensaciones que Marie había provocado, la descarada comenzó con su mano un lento movimiento de adelante hacia atrás, descorriendo los pliegues que cubrían la gran nuez del impaciente ariete que pugnaba por desahogar sus contenidas iras, a la vez que desnudaba la firme columna para friccionarla vigorosamente hacia arriba y hacia abajo, dejando en total descubierto el cuerpo cavernoso de sus escondidos placeres. Cortos besitos y acariciadores lamidos fueron el preámbulo de la lenta introducción en su entreabierta boca. Sus labios ora se cerraban, ora se apretaban, ora succionaban, mientras los febriles dedos corrían y descorrían con rítmica maestría la piel aterciopelada de la tan ansiada arma, palpitante, viva y de tenaz dureza.

Murmullos ininteligibles dejaba escapar a ratos en señal de satisfacción, mientras Jimmy, arrobado en medio de tanta lujuria y tanta pasión, se entretenía introduciendo y retirando de su jugosa y belluda caverna el descomunal vibrador que antes Marie se había insertado y que utilizaba a menudo en sus largas horas y días de angustiosa soledad amatoria.

- "Así, así. Que rico" – gemía de goce, mientras saboreaba como a un helado de fresa la brillante e hinchada corona de la verga que amenazaba con estallar por tan dulce tratamiento.

De pronto, Jimmy sugirió cambiar de posición: poniéndose de espaldas y ella a horcajadas sobre él, podría controlar absolutamente la herramienta artificial, a la vez que tendría al alcance de su boca la preciada región de los placeres, mientras ella podría hacer sus delicias con su inflamado instrumento amatorio. La idea no se hizo esperar. Y Marie lo montó de espaldas a él, dejándole ver una infinidad de lunares de los más diversos tamaños y tonalidades. Así, en esa postura, mientras de rodillas y con la piernas plenamente abiertas seguía succionando, lamiendo y besando la hinchada verga, Jimmy introducía su impúdica y juguetona lengua en la gruta del placer, mientras su dedo del medio ya se había apoderado del pequeño y oscuro orificio posterior.

Al solo tocarlo, Marie reaccionó ante el intruso con furia inusitada redoblando el ritmo, su cadencia y la succión, mas, el paroxismo llegó cuando una vez estuvo bien lubricado el estrecho canal con los exudados naturales y la saliba, oportunidad en que comenzó a introducir lenta pero autoritariamente el artefacto mecánico. Primero, la gigantesca corona que, milímetro a milímetro se esforzaba por ganar el poco usual canal, mas, luego de varios y redoblados intentos, la mitad ya había franqueado la entrada del diminuto agujero de la enloquecida Marie que se contorsionaba presa de una excitación inusitada.

Atrás, adelante. Atrás, adelante, y en cada embestida avanzaba el instrumento un centímetro más, hasta que, retrocediéndolo casi hasta la cabeza, de un solo golpe lo enterró llenando por completo los intestinos de la afiebrada canadiense. Al sentirse empalada en plenitud en el interior de su joven cuerpo, perdió el poco control que aún conservaba, y olvidándose de la extraña sensación que llegó a experimentar, alentó aún más a su invasor al no guardarle consideración alguna levantnado aún más sus nalgas.

- "Oh! Es el cielo. No pares por favor. Sigue, sigue. Así, me gusta, duro, más duro" – pedía Marie con implorantes jadeos entrecortados de placer, labios entreabiertos y semi-desfigurado rostro.

Jim no se hizo esperar frente a tan elocuente invitación, y mientras a través del vibrador descargaba toda su furia amatoria, mientras su lengua ávida lamía su mojada gruta y mordisqueaba el erectil clítoris, Marie no menos que él, introducía hasta el fondo de su garganta la masa rígida de carne, ora chupando, ora lamiendo, ora descubriendo con ritmo crecientemente frenético la aterciopelada funda del arma causante de muchos de sus desvelos..

Así se sucedió la escena por espacio de no menos quince minutos. Solo se escuchaba el jadeo de ambos: producto de una respiración adrenalítica y convulsionante.

- "Oh, si lo siento! Dame más, así, así. Duro, más duro" – imploraba Marie.

La contracción inesperada del músculo anal y la tensión de los muslos, le indicó a Jimmy que Marie se venía. Sus redondas y blancas nalgas se estremecieron, sus piernas se tensaron al mismo tiempo que un líquido caliente y viscoso resbalaba por la cara del lujurioso amante, mientras que un chorro de esperma acompañado de estertóreos movimientos incontrolados, llenaba la boca, inundaba la garganta y caía a raudales a través de los labios semi apretados de la insaciable y ávida canadiense que saboreó cada gota con deleite y fruición. Luego vendría la calma, la paz del cuerpo y la plenitud del alma. Así se mantuvieron por varios minutos, quedos, silentes y absortos en cada uno de sus sentimientos. Estáticos y extasiados, se dieron al reposo: ella, con el húmedo objeto del deseo entre sus dedos; él, con la sensación de haber dejado en Marie toda su pasión por la pasión misma. Mientras la música de Mikos Theodorakis seguía inundando cada rincón del diminuto departamento.

Y era que ella amaba la cultura griega, su música, sus comidas, sus costumbres. Luego recordaría que ello era producto de una convivencia que había mantenido por dos años con un amigo griego: de él había adoptado gran parte de sus costumbres, de él había aprendido a bailar sirtaki, como también con él se había iniciado en las delicias que conllevaba la práctica del sexo anal, que se habían llegado en constituir en las predilectas de la perversa y lujuriosa Marie.

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